Abelardo Almao, en el paraje inconfundible de aquel Guamacire - CMB - PALAVECINO

miércoles, 30 de octubre de 2019

Abelardo Almao, en el paraje inconfundible de aquel Guamacire


Inmerso en el eco profundo de la reminiscencia de aquel paisaje inconfundible, donde el paraje irregular de aquellas estribaciones se tiñe con un verdor latente, acoplándose a los bancos de neblina que retozan en las faldas de la serranía, característica de esté indescriptible lugar. La típica nostalgia que se dejan desfilar por las aguas cristalinas de una quebrada homónima del sitio de Guamacire. Un punto geográfico invadido por los olores a tierra húmeda, aromáticos cedros, perfumadas orquídeas; las cuales confluyen con la memoria de viejos habitantes que todavía guardan en sus sentimientos los secretos de un cumulo de hechos; aflorando el buen nombre del evocado Rafael Abelardo Almao Jiménez. 


Jornalero y apasionado siendo amante de las faenas del campo, de marcada descendencia bravía por sus vínculos sanguíneos directos con los personajes reconocidos de la historia palavecinense entre ellos: el federalista Gral. Nicolás Patiño Sosa y Amabilis Solaigne. Endosándole sus más íntimas amistades la incalculable proeza en su peculiar forma de ser. Definido así por sus familiares, allegados y amigos. 

Desde temprana edad sintió impulso por las actividades agrícolas, cultivando: caraotas, maíz, cambur, así como café; por ser Guamacire una zona predilecta de esté demandado cultivo. Trabajando inicialmente en la renombrada hacienda de Honorio Sígala, Cruz María Sígala y Alirio Sígala; junto a su padre Andrés Almao, llegando a ejercer las ocupaciones como encargado de la referida posesión; sin embargo, heredo unas tierras en la cuesta de la Cayera, cultivada de una porción considerable de plantas de café. 

Hijo de Andrés Almao de origen rioclareño y María Rosario Jiménez oriunda de la población de Cabudare; nació un 9 de enero de 1928 en el caserío el ´Paradero´ cerca de Corralito en plena montaña de Terepaima. Con los años dejaron atrás su natal caserío, y decide su familia mudarse a Guamacire, cuando apenas contaba con 15 años de edad; según el testimonio fehaciente de doña Angelina Parra, quien sería su eterna compañera de vida. 


La Distancia no fue impedimento para su unión conyugal 

Cuando contaba con 18 años de edad asiduamente frecuentaba una hacienda cafetalera en el distante sitio “del Palo e’ Tigre-Terepaima”; la morada de don Martín Parra, fue allí donde sentiría atracción por aquella joven adolescente, quien tiempo más tarde contraerían matrimonio en la antigua iglesia Nuestra señora del Pilar de la población de Rio Claro; puesto que con doña Angelina Parra se casaría un 12 de octubre de 1948, a la edad de 20 años. 


Unido en matrimonio fija su residencia en el propio Guamacire; y entre tareas agrícolas, y crecimiento de la familia se llegaría a ganar el respeto de la colectividad. 

Fue designado por algún tiempo jefe de caserío por la prefectura del antiguo distrito Palavecino, consiguiendo a ser respetado por sus vecinos de aquel bucólico espacio; hoy inmerso dentro de las áreas del Parque Nacional Terepaima. 


Entre el canto y las negreras a San Antonio 

Como creyente y amante de las culturas aprendidas de los más viejos, organizaba el rito del tradicional tamunangue en compañía de: Vicente Álvarez, Chico Álvarez, Víctor Escalona, José Vásquez, Hernán Escalona; entre otros habitantes de Guamacire, teniendo dentro de la estructura femenina del cuerpo de baile de negro a: Ignacia Escalona, Celedonía Álvarez, María Candelaria Álvarez, Reina Almao; y aquellos que de algún modo en la víspera de San Antonio se sumaban a las promesas fervorosas al Santo patrono de los objetos perdidos. Ya que los patios y corredores eran concurridos por los vecinos de aquel pintoresco caserío. 


Los habitantes y su escuela 

Los pormenores de la evocación por los años anteriores hacen recordar la cantidad de habitantes, que de algún modo poblaron la intimidad intrínseca del aquel Guamacire de los años 60 y 70; surgiendo los nombres de los jefes de familias numerosas, los cuales, por las circunstancias del tiempo y contexto, ya no moran en el caserío del que poco se habla, a no ser por quienes revelan que, entre sus habitantes; además de Abelardo, estaban Guillermo Escalona, Juan Mora, Domingo Sosa, Pastor Sosa, José Ignacio Rodríguez, Ana Antonia Álvarez, Ramón Guillen, Nicolás Guillen; y otros tantos que en la medida del tiempo fueron importantes dentro del universo de usanzas que caracterizaron a esté típico lugar. 

En los años 60 surge por iniciativa y necesidades de la gente, una importante escuela o núcleo rural tutelado por la docente: Gervasia Crespo, quien sería sustituida por Yolanda Agüero, luego por Jaime González, Aida Rodríguez, hasta finalmente haber sido regentada por el respetado y muy estimado profesor Marcos Soto. Fraternal amigo de don Abelardo. 

En sus inicios aquella humilde institución apacible funciono en una vivienda de bahareque, posteriormente donde Ramón Escalona, luego en la casa conocida como la “Forestal”, hasta finalmente, ya construida y debidamente equipada con casa para el maestro entre otros detalles, se ubicó en un punto céntrico del propio caserío; estando en su lapso inicial muy concurrida notoriamente por los hijos de los nativos de aquel caserío. 


El trueque y las compras hogareñas 

Hábil y correcto en sus andares, don Abelardo como hombre del medio rural no solo era propietario de una bienhechuría, pues en el interior de su llamativa y particular vivienda poseía una trilla cafetalera y, a través de arreos de mula eran transportados los pesados sacos de café, que luego eran comercializados en la paca Rio Claro, como el principal centro comprador del demandado fruto. 

Con las ganancias obtenidas de las cosechas se adquirían productos y utensilios, a veces el grano procesado era demandado por el reconocido comerciante cabudareño Augusto Casamayor, el cual poseía una pulpería o almacén en la calle Juan de Dios Meleán. Era allí donde se intercambiaba el café por comida y dinero. Otro personaje abordado por el relato de doña Angelina, era Silvio Echeverría a quien se le suministraba de café por velas, jabón, harina, papelón, aceite; entre otros artículos en grandes cantidades de bultos. Con Jesús (Chucho) Sánchez en Maporal, también era usual trasladar en vehículo el café para ser pagado o compensado por comida. 



En el Instituto Nacional de Obras Sanitarias (Inos), y los caminos andados 

En 1975 don Abelardo es incorporado como trabajador fijo del Instituto Nacional de Obras Sanitarias; con casco tipo safari e indumentaria adecuada para las funciones que ejercía, Campo Elías Rodríguez Parra lo recuerda con la nostalgia de verlo subir hasta la quebrada Agua Blanca a limpiar los sistemas filtrantes de las galerías que distribuía el preciado líquido para las poblaciones del Manzano y las Cuibas. Nunca desaparto su interés por estar pendiente no solo del viejo acueducto Gomero; nombre por el cual se le identifico a esta red distribuidora de agua limpia; ya que fue construida en la época que gobernó Eustoquio Gómez la región Larense; sino también vigilar el bosque de las asechanzas de la tala y la quema. 



Según Campos, Abelardo era responsable “día tras día de limpiar y mantener el dique, donde están los pozos”, que nacen en la espesura viva de Terepaima; y de haberle hecho el mantenimiento adecuado a la propia quebrada Guamacire, además del sifón y toda la tubería completa que iba en dirección a las Cuibas. 

Era conocedor palmo a palmo de los caminos reales que trasladaba a los viejos arrieros a Guamacire, el camino de Agua Blanca, hacia el Potrero, el de la Aguaita, el de la cuesta al Jobo y el conocido de Cuesta larga. 

En 1986 se muda de Guamacire y se traslada con su entorno familiar a la comunidad de las Tunas, donde a pesar del estrecho trayecto jamás abandono su labor de trabajador adscripto al Inos, y menos a su encomendada función. Siempre presto a sus quehaceres, dejo una huella marcada en el pensamiento de quienes de cerca conocieron sus facetas; alma palpitante que surco las aguas vivas de aquella quebrada; falleciendo físicamente un tres de noviembre de 1998, pero cultivándose en el pensamiento y la retentiva de sus coterráneos. 





Lcdo. José Luis Sotillo J. 
Cronista Parroquial de Agua Viva 
twitter e instagram: @aguavivajose 

  


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